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16 jun 2011

El Fruto del Espíritu – parte 9


Las cualidades del árbol de los frutos del Espíritu Santo se completa con la novena característica: el dominio propio. Lo más importante a tener es cuenta es que las nueve características son producidas por el Espíritu Santo.
Como aprendimos en la Primera Parte: El Espíritu Santo no impone a nadie Su propia voluntad, con el objetivo que se produzca el fruto; es necesaria una disposición real del ser humano en la búsqueda de la suprema voluntad de Dios para que Su Espíritu pueda efectuar una radical transformación en su interior.

El  dominio propio

Este fruto del Espíritu Santo significa un control de sí mismo ante los impulsos de la carne que nos conducen a la muerte. Todo cristiano necesita autodisciplinarse para poder alcanzar las victorias por medio del Señor Jesús.
El cristiano vive en un mundo hostil, donde se hace loco para el mundo y el mundo es loco para él. Estamos en este planeta, por lo tanto no pertenecemos a él; somos obligados a obedecer sus leyes, pero ellas son totalmente contrarias a las leyes de Dios. Una y otra vez somos colocados frente a situaciones que, dependiendo de nuestras actitudes o de nuestro dominio propio, exaltan a nuestro Señor o Lo avergüenzan.
En Proverbios 16:32, encontramos las siguientes palabras:
“Mejor es el que tarda en airarse que el fuerte, el que domina su espíritu que el conquistador de una ciudad”
De hecho, no existe conflicto más reñido que aquél que el hombre traba consigo mismo para dominar sus propios instintos; si no fuese la actuación del Espíritu Santo en el alma del hombre cristiano, éste jamás conseguiría dominarse a sí mismo.
Cuando el apóstol Pablo se refiere a la lucha de la carne con el Espíritu Santo y viceversa (Gálatas 5:16-21), no está queriendo decir con eso, que el material de barro de que fuimos hechos sea inútil, ¡no! Son exactamente la voluntad y los instintos de nuestro yo que luchan constantemente contra el Espíritu de Dios.
Es esa carne llamada voluntad humana o instinto que precisa ser contenida por la propia persona a través del dominio propio, que sólo puede ser verdadero si fuese un don del Espíritu Santo.
Aquellos que andan en la base de la Ley y de los mandamientos, no pueden usufructuar los frutos del Espíritu de Dios porque en sus concepciones deben hacer prevalecer la fuerza de la voluntad para ser buenos cristianos. Eso resulta imposible sin la actuación efectiva del Espíritu Santo, por la fe única y exclusiva en el Señor Jesús.
Texto extraído del Libro “Las obras de la carne y frutos del Espíritu” del Obispo Macedo

15 jun 2011

El Fruto del Espíritu – parte 8

La mansedumbre es la anteúltima cualidad de quien tiene el Espíritu Santo.
El origen de la palabra hace referencia a una persona pacífica, dócil, apacible y gentil.
Al salir a la calle los ejemplos que abundan son exactamente opuestos. A través de esta explicación podrá concentrarse para aprender o evaluar su comportamiento.


La Mansedumbre

Ese don es exaltado en la tercera bienaventuranza; una cualidad del carácter de aquellos que han de heredar la Tierra (Mateo 5:5). La mansedumbre es el resultado de una real humildad, debido al reconocimiento del valor ajeno y, como consecuencia, del despojo de sí mismo, es decir, de la eventual superioridad.
Verdaderamente, para el mundo cruel en el que vivimos, esa cualidad es despreciada frente a la sociedad corrupta; no obstante, cuando se tiene ese don es porque la persona partió de la única fuente de la gracia, que es Dios.
En la mansedumbre, vemos una sumisión respetuosa del espíritu humano al Espíritu de Dios y también al propio hombre. El más grande ejemplo de mansedumbre, en la Biblia, además del propio Señor Jesús, es Moisés: “Moisés era un hombre muy manso, más que todos los hombres que había sobre la tierra.” Números 12:3
El apóstol Pedro, que estuvo al lado del Señor en sus tres años y medio de ministerio, tenía actitudes contrarias a la mansedumbre, y cuando en la prisión del Señor, sacó la espada que traía consigo e hirió al siervo del sumo sacerdote, cortándole la oreja, inmediatamente recibió una reprensión del Maestro: “Vuelve tu espada a su lugar, porque todos los que tomen espada, a espada perecerán.” Mateo 26:52
Quiere decir que, Pedro creía que sus reacciones tenían que ser de la misma medida que las acciones de los otros contra él. No me admiro, por lo tanto, que él mismo, después de tantas lecciones prácticas y desarrollo espiritual constante, pudiese escribir: “… sino el interno, el del corazón en el incorruptible adorno de un espíritu afable y apacible que es de grande estima delante de Dios.” 1 Pedro 3:4
Las cualidades cristianas enriquecen, cuando son proclamadas las promesas de Dios. ¿De qué serviría predicar la Palabra de Dios, orar por los enfermos y los que padecen, vigilar, ayunar y toda lo que constituye la obra de Dios, si las actitudes son acompañadas por una espada que en cualquier momento puede herir al otro?
Texto extraído del Libro “Las obras de la carne y frutos del Espíritu” del Obispo Macedo

14 jun 2011

El Fruto del Espíritu – parte 7

 
El Evangelio significa «buenas nuevas» y es la revelación por la cual Dios nos salva a través de la Gracia de nuestro Señor Jesucristo. Por intermedio del Evangelio, el ser humano es salvado por la fe en Aquél que consiguió cumplir toda la Ley, sin faltar absolutamente en ningún punto, es decir, Jesucristo.
El fruto del Espíritu Santo proviene del Evangelio que significa las buenas noticias de la gracia de Dios para todos los que depositan su fe en el Señor Jesús, pues es Él quien nos concede el Espíritu Santo y, por consiguiente, los frutos y los dones para el crecimiento de Su Iglesia. Aquí se detalla una cualidad única para quien vive con Dios…
La Fidelidad
La fidelidad, en el original griego, tanto puede significar una actitud de confianza como también de fe.
La fidelidad es una demostración del carácter leal y fiel al Señor Jesucristo, por causa de la confianza total en Él. A través de la conversión al Señor Jesús, el alma humana pasa a ser dependiente de Él por su entrega total. Esto es confianza o fe, que a su vez produce la fidelidad propiamente dicha.
Muchas personas cristianas han sido fieles al Señor Jesucristo, cuando las condiciones son favorables; cuando los vientos son favorables, no falta dinero, la familia está sana, etc. entonces son leales al Señor Jesús, de la misma manera como procedió Pedro, mientras estaba con el Maestro.
No obstante, cuando aparecen las aflicciones, persecuciones, falta de dinero, etc, muchos dejan de mirar para el Autor y Consumador de la fe y critican las condiciones en las cuales se encuentran. Allí comienza el descontento, la tristeza y, en seguida parten hacia la infidelidad, que es consecuencia de la desconfianza y de la duda.
Es fácil ser fiel cuando todo está bien. Cuando las cosas están mal, la fidelidad es un tremendo sacrificio para muchos. Lo que el Espíritu Santo deposita en nosotros, a través de la fidelidad, atraviesa cualquier barrera, transponiendo todos los obstáculos contrarios a la fe. Dios siempre está probando nuestra fidelidad. Es bueno que todos los cristianos mantengan bien abiertos sus ojos espirituales, para que no vengan a perder este hermoso don del Espíritu Santo.
Texto extraído del Libro “Las obras de la carne y frutos del Espíritu” del Obispo Macedo

13 jun 2011

El Fruto del Espíritu – parte 6

En una oportunidad, varios escritores eligieron la palabra Bondad como su palabra preferida explicando que su falta hace del mundo un lugar frío. Todos pueden percibir su falta, pero no todos se han preparado para recibir la bondad que viene de Dios. Conozcamos hoy  su significado y su verdadero alcance.
La Bondad
La bondad se asemeja mucho a la benignidad; por lo tanto, la persona bondadosa tiene un comportamiento generoso e indulgente (que perdona) para con las demás personas. La persona que posee esta virtud no mide sacrificios para ayudar y hacer valer la fuerza del amor. Podemos ver un ejemplo de bondad en la parábola del buen samaritano (Lucas 10:30-35).
La persona bondadosa es suave y dulce; no se mira a sí misma y mucho menos espera de la otra parte la recompensa; por el contrario, no ve color, ni sexo, ni belleza o situación financiera de la otra persona; primeramente su placer es glorificar al Señor Jesús a través de sus actos de generosidad.
Texto extraído del Libro “Las obras de la carne y los frutos del Espíritu” del Obispo Macedo

12 jun 2011

El Fruto del Espíritu parte 5

Ya hemos hablado acerca del amor, la alegría, la paz y la longanimidad. Hoy hablaremos de forma breve (pero efectiva) acerca de la quinta característica del Espíritu Santo…
La Benignidad
La palabra benignidad aparece más de 10 veces en el Nuevo Testamento y significa gentileza, bondad. El cristiano que posee esa virtud tiene un carácter excelente, pues es gracioso y gentil para con todos sus semejantes, no mostrándose inflexible e intolerante. Es muy común que el recién convertido sea inflexible, en lo que se refiere a la manera de actuar con los demás.
Cuando la persona es benigna, busca siempre conciliar, siendo imprescindible que sea dócil, flexible, gentil y de hablar manso, para que realmente pueda transmitir el carácter de Cristo a las personas que la rodean.
Texto extraído del Libro “Las obras de la carne y frutos del Espíritu” del Obispo Macedo

El Fruto del Espíritu – parte 4

Las cualidades morales implantadas por el Espíritu Santo en cada seguidor del Señor Jesucristo son nueve partes integrantes de un único desarrollo espiritual, “para que seas lleno de toda la plenitud de Dios.” (Efesios 3:19).
Hoy hablaremos sobre la cuarta cualidad del Espíritu Santo en el verdadero cristiano
La Longanimidad
Esta palabra proviene del latín longanimitas (“paciencia”), “capacidad de sufrimiento”. De longus, “largo”, animus, “alma” e -itas, “-idad”
Longanimidad significa firmeza de ánimo; una tolerancia paciente y generosa mientras se espera que sucedan las cosas.
Por ejemplo, la longanimidad, cuando es atribuida a Dios, significa que Él tolera pacientemente cualquier iniquidad, no dejándose arrastrar por explosiones de ira y furor, lo que solamente podría significar la destrucción del hombre.
En eso se manifiesta el amor, pues los hombres están caracterizados por faltas y pecados constantes y aún así, Dios se mantiene longánimo, dada Su gran misericordia. Cuando manifestamos este fruto, soportamos las provocaciones ajenas, porque sabemos que también el Señor Jesús soporta nuestros pecados, debido a Su gran longanimidad.
Texto extraído del Libro Obras de la carne y frutos del Espíritu del Obispo Macedo

11 jun 2011

El Fruto del Espíritu – parte 3

La tercera característica de quien tiene a Jesús como su Señor y Salvador es la paz. La paz es una cosa interior, un estado del alma que consiste en una relación de armonía consigo mismo y con Dios. Quien está en paz con su Creador, también lo está consigo mismo y con su semejante. Si no hay paz en el mundo, si los pueblos y las naciones no se entienden, esto es simplemente reflejo de nuestra situación individual ante Dios.
Muchos son los que claman por el nombre del Señor, que confían solamente en sus propias manos y en lo que éstas pueden producir. Otros buscan en la filosofía, en la ciencia o en otras ramas de la sabiduría humana el equilibrio interior. La paz es uno de los gloriosos frutos del Espíritu Santo de Dios en nosotros.
La Paz
La caída del hombre en el Jardín del Edén destruyó la paz que él tenía con Dios, consigo mismo, con otros hombres, con los demás seres y además con la propia naturaleza. A través de la cruz del Señor Jesús, Dios estableció nuevamente la paz, de acuerdo como está escrito: “Justificados, pues, por la fe, paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.” Romanos 5:1
Por lo tanto, la paz involucra mucho más que una mera tranquilidad interior que prevalezca a despecho de las tempestades externas. Se trata de una cualidad espiritual producida por la reconciliación, perdón de los pecados y conversión del alma. En una cierta ocasión el Señor Jesús dijo: “La paz os dejo mi paz os doy, yo no os la doy como el mundo la da.” Juan 14:27
Esa paz es una dádiva celestial, en realidad es un contacto de Dios con el alma humana por medio del Espíritu Santo que, enseñándonos lo que se refiere a Cristo, de la misma manera, nos proporciona la certeza de la tranquilidad, aún en los momentos de tempestad.
Por eso mismo, el Espíritu Santo también es llamado Consolador, es decir, en los momentos de aflicción, podemos perfectamente mantener la calma y la tranquilidad, porque el Espíritu Santo nos llena de autoconfianza y, como consecuencia, de paz inefable en el Señor Jesús.
La paz es exactamente lo contrario del odio, la discusión, la discrepancia, el conflicto, la envidia, es decir de todas las obras de la carne. De la misma manera como el niño se tranquiliza en los brazos de su madre, el cristiano encuentra sosiego en Cristo Jesús. ¡Esto es la paz!
Cualquier criatura desea la paz y la busca en todo lo que este mundo puede ofrecer, pero lo triste es que muchas veces, en esa búsqueda, muchos quedan más ansiosos y confundidos. Lo que siempre le faltó a nuestro mundo fue exactamente la paz, la armonía y la buena voluntad entre los hombres, contrariamente a lo que Dios propuso como destino.
¡Sin Dios no hay verdadera paz! ¡Sin la presencia del Príncipe de la Paz, de quien el profeta Isaías habla, no hay unión ni amor! – Jesús dijo a sus discípulos, antes de dejarlos. «Les dejo la paz, les doy mi paz». Confiados en esta herencia, podemos comprobar el resto del mismo versículo: “No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo.”
Texto extraído del Libro “Las obras de la carne y frutos del Espíritu” del Obispo Macedo

El Fruto del Espíritu – parte 2

El amor es la característica principal en aquel que busca y vive en comunión constante con Dios, pero no en solo amor, cuando el Espíritu Santo se une a una persona hay muchos más resultados!
La Alegría
La alegría es una expresión de placer, satisfacción, júbilo o exaltación. No obstante la alegría, como siendo un fruto del Espíritu Santo, es mucho más que una simple sensación vivida por el hombre; es una vida verdadera de eterno gozo en el alma por la convicción implantada por el Espíritu de Dios en el alma humana.
La verdadera alegría es producida por la acción del Evangelio en nosotros (Lucas 2:10) y por una profunda experiencia de la salvación. La alegría del cristiano es constante, a pesar de cualesquiera disgustos que presente este mundo. La alegría del no cristiano muchas veces es falsa, pasajera y sofocada por las tristezas de este mundo.
El gran regocijo que sentimos en la presencia del Señor nos diferencia de la alegría experimentada por aquellos que viven en este mundo sin la presencia de Dios en sus corazones. La felicidad que existe en nosotros es resultado de la comunión con Él. El propio Dios experimenta esa sensación, de acuerdo como está escrito: “No os entristezcáis, porque el gozo del Señor es vuestra fuerza.” Nehemías 8:10
La alegría es una cualidad de vida caracterizada por el bienestar espiritual, fruto de una correcta relación con Dios y del regocijo en el Espíritu Santo. Dios jamás apreció el desánimo; por el contrario, Su Palabra nos amonesta: “Servid al Señor con alegría; venid ante su presencia con regocijo.” Salmos 100:2
“Alégrese el corazón de los que buscan al Señor.” Salmos 105:3
La alegría en el Señor es el don de Dios. Su pueblo se alegra al saber que Él está en Su trono y tiene todo bajo su Control. Esa alegría es verdadera porque, inspirada por el Espíritu Santo, es motivadora de esperanza, coraje, confianza en el Señor Jesús y otorga satisfacción de estar vivos en Él.
Texto extraído del libro “Las obras de la carne y los Frutos del Espíritu” del Obispo Macedo

El Fruto del Espíritu 1ª parte

El fruto del Espíritu es una consecuencia o un efecto producido por el Espíritu Santo en la vida de un cristiano auténtico que se somete a la voluntad del Señor. No es el cristiano, que por sus propios esfuerzos o méritos va a producir los frutos o el fruto del Espíritu. Esto sucede por la participación mutua: el Espíritu Santo y el cristiano, juntos, producen el fruto.
El Espíritu Santo, a su vez, no impone a nadie Su propia voluntad, con el objetivo que se produzca el fruto; es necesaria una disposición real del ser humano en la búsqueda de la suprema voluntad de Dios para que Su Espíritu pueda efectuar una radical transformación en su interior.
Naciendo para Dios, el Espíritu Santo le concede una nueva vida que lo hace producir resultados de acuerdo con su nuevo carácter. Hoy aprenderemos acerca de la primera característica del fruto del Espíritu Santo…
El  Amor
Por ser el amor la base en que se fundamentan los demás frutos y donde se desarrollan todas las virtudes espirituales, procuraremos poner énfasis en nuestro estudio sobre esa virtud.
El amor consiste básicamente en el querer para los otros lo mismo que queremos para nosotros. Es la dedicación al prójimo; la aplicación de tiempo y de energía en favor del semejante, de la misma manera que, voluntaria y necesariamente, aplicamos con nosotros. La misma cruz del Señor Jesús formaliza el amor puro y verdadero. El asta vertical representa nuestro amor a Dios, la horizontal, nuestro amor al prójimo. En el amor están los dos grandes mandamientos de la Ley de Dios:
“Amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. “Y el segundo es semejante: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas.” Mateo 22:37-40
Por esa razón, comprobamos que en el amor existe una relación de uno para con el otro, más grande que un simple sentimiento de compasión o cariño. Realmente, el amor es definido por el sacrificio de quien ama sin esperar de la persona amada la respuesta, pues aquél que ama lo hace sin ningún interés propio, solamente desea dar. Creo que podemos definir el amor así: amor es donación.
Las modalidades del amor
a) El amor propio, aunque no sea condenado en la Sagrada Escritura, debe estar bajo total control para no tornarse un insoportable egoísmo.
b) El amor a Dios, al Señor Jesucristo y a las cosas celestiales debe tener un lugar destacado en nuestras vidas; es dirigido en un sentido vertical, lo cual es, ciertamente, el primer ordenamiento de Dios para los seres humanos (Mateo 22:37).
c) El amor de Dios por el hombre es la fuente de todo el bienestar y está dirigido al modelo de amor que debemos ejercer unos para con los otros.
d) El amor del hombre para con sus semejantes es exigido por Dios, a través del segundo gran mandamiento. (Mateo 22:39).
Extraido del libro “Las Obras de la Carne y los Frutos del Espíritu” del obispo Macedo.